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La Pandemia Altera la Industria del Queso en EE.UU.

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Nunca antes el precio del queso había vivido un periodo tan volátil en Estados Unidos. Durante la pandemia, los cambios en la oferta y la demanda han obligado a pequeños comercios como «Arrowine and Cheese» a transformarse para poder sobrevivir.

«Hemos visto definitivamente un descenso en las ventas. En queso yo diría que aproximadamente un 20 %», cuenta a Efe Scott Freestone, encargado de quesos de la tienda artesanal «Arrowine and Cheese».

Ese pequeño establecimiento de quesos y vinos, con un enorme toldo amarillo, abrió sus puertas hace 40 años en un barrio residencial de Virginia, a 12 kilómetros de la capital. Una estampa de la clase media alta estadounidense con casas unifamiliares con jardín y buzón de correos en la entrada.

La Obsesión por el Bloque de Chédar

Según Freestone, al comienzo de la pandemia la mayoría de los vecinos compraron grandes cantidades de quesos no perecederos, como el chédar, el comté y el gruyer; mientras que los productos frescos se echaron a perder, especialmente la mozzarella, la burrata y el queso de cabra.

Cuando Virginia empezó a reabrir en junio, se recuperó la demanda por el queso fresco delicatesen, pero entonces la industria quesera, incluida la tienda «Arrowine and Cheese», se topó con dos obstáculos.

Primero, había mucho menos queso fresco en el mercado. Como al principio de la pandemia ese producto no se vendía, los fabricantes apostaron por el queso maduro o curado y llenaron hasta arriba sus cámaras de maduración, según datos de Oldways Cheese Coalition (OCC), una agrupación de queseros.

El segundo problema fue la gran dificultad de importar quesos artesanales desde Europa debido a que el tráfico aéreo prácticamente se detuvo durante algo más de dos meses, entre marzo y mayo, por las restricciones impuestas por EE.UU. y la Unión Europea (UE).

«El 85% de nuestros quesos son europeos, de España y de Francia, así que eso fue duro porque perdimos muchos ingresos», apunta Freestone, quien viste un delantal marrón y una camisa azul con las mangas arremangadas.

De la Crisis, Una Oportunidad

Para sobrevivir, la industria del queso en EE.UU. se ha visto forzada a innovar. Al principio de la pandemia, los empleados de «Arrowine and Cheese» recibían los encargos por teléfono, pero como no podían dar a probar los quesos a los clientes, pasaban mucho tiempo en el teléfono intentando describir un sabor o una textura.
Al final, crearon una página web con fotos de sus 250 tipos de quesos y de cada uno de sus más de mil tipos de vino y cerveza.

«Por suerte, -se ríe Freestone- hemos visto un gran consumo de cerveza y vino porque la gente está atrapada en casa, así que lo estamos llevando bien económicamente».
Peor parada ha salido Jessica Keahey, fundadora de «Sweet Freedom Cheese», la única tienda de Arkansas que despacha queso al corte y cuyas ventas se han desplomado un 40 % desde el inicio de la pandemia en EE.UU.

«Estoy intentando ser positiva y buscarle el lado bueno», dice con una sonrisa Keahey, quien aparece en una videoconferencia con Efe ataviada con un uniforme blanco.

Guiada por ese espíritu de optimismo, Keahey ha trasladado a la plataforma Zoom las clases que antes impartía en persona y que van desde lecciones sobre cómo hacer requesón y mozzarella hasta consejos sobre qué sabores de queso son los que mejor combinan con diferentes tipos de chocolate.

Nunca Hubo Tanta Volatilidad

La industria del queso ha vivido un momento crítico en los últimos meses debido a la volatilidad de los precios, dice a Efe Nate Donnay, director del área de lácteos de la empresa de servicios financieros Stone X. «Este –afirma- ha sido el periodo más volátil en el precio de los productos lácteos en la historia de Estados Unidos».

El analista explica que, igual que el precio del petróleo se mide por el petróleo intermedio de Texas (WTI), el valor de los diferentes tipos de queso en EE.UU. depende de la cotización de un bloque de 40 libras (18 kilos) de chédar.

Todos los días, durante diez minutos, desde las 11.00 a las 11.10, Donnay vende y compra contratos a futuro relacionados con la industria del queso en la Bolsa Mercantil de Chicago (CME), el principal mercado de derivados financieros de EE.UU.

En abril, arrastrado por el cierre de los servicios de restauración, el precio por libra (0,45 kilos) del bloque de chédar bajó a casi un dólar por libra, un marcador muy bajo; mientras que a mediados de junio la cotización alcanzó un récord de 2,80 por libra, detalla Donnay.

Según el analista, el precio de queso subió tanto debido a la reapertura de los servicios de restauración, que normalmente compran entre el 35 y el 50 % de todo el queso que se produce en EE.UU.

«Piensa -pide Donnay- en todas las hamburguesas y tacos con tiras de queso, piensa en toda la mozzarella que va a las pizzas».

Aventura que el precio del queso se estabilizará con el tiempo, pero reconoce que existe cierta incertidumbre debido al repunte de casos en EE.UU., especialmente el sur y oeste del país, incluida California, el estado con más producción láctea.

Según el recuento independiente de la Universidad Johns Hopkins, EE.UU. es el país más golpeado del mundo por la pandemia en términos absolutos con 4,7 millones de casos y más de 155.000 fallecidos.

En EE.UU., el consumo de queso se ha triplicado en los últimos 40 años y de media los estadounidenses consumen 40 libras (casi 18 kilos) al año de ese producto, de acuerdo al Departamento de Agricultura.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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