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Qué se sabe del hantavirus Andes

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Los resultados preliminares confirman que el brote pertenece a la estirpe de los virus Andes, un tipo de hantavirus endémico de América del Sur. Varios especialistas responden a las principales dudas sobre esta variante.

Un grupo de expertos en epidemiología y salud pública despejan las dudas sobre el patógeno que ha sembrado la inquietud en todo el mundo a la luz de las evidencias disponibles.

Importante

1. ¿En qué se diferencia de otros hantavirus?

Los hantavirus son virus conocidos que se transmiten desde animales a personas (zoonosis), alojados de forma natural y asintomática en roedores, insectívoros y murciélagos (reservorios).

En Europa y Asia pueden causar fiebre hemorrágica con afectación renal y tienen una letalidad moderada. En América, sin embargo, pueden afectar a los pulmones y el corazón: es lo que se conoce como síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH), con una mortalidad que oscila entre el 35 y el 50 %, aunque las cifras dependen de los programas de vigilancia y acceso a atención médica temprana.

Entre los distintos hantavirus de América, la variedad Andes –endémica de la región patagónico-andina de Argentina y Chile es un excepción: se trata del único para el que se ha demostrado la transmisión de persona a persona, aunque es poco frecuente. Su reservorio principal es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), un roedor que no existe fuera de Sudamérica.

2. ¿Cómo se transmite?

La forma más común de infección tiene lugar por inhalación de aerosoles procedentes de las heces, orina o saliva secas de roedores infectados. Esto sucede, normalmente, al limpiar espacios cerrados sin ventilar, realizar actividades agrícolas o forestales o acampar en zonas endémicas de la Patagonia. No se transmite por picaduras de insectos.

Como decíamos, el virus Andes puede contagiarse de persona a persona, y lo hace a través del contacto directo y prolongado con las secreciones de un individuo enfermo: saliva, líquido gingival o semen. El ARN viral se ha detectado en estas secreciones hasta meses después de la recuperación clínica.

Aunque no se propaga por el aire, como el sarampión o el SARS-CoV-2, se han descrito casos en los que la transmisión se produjo, probablemente, mediante inhalación de gotículas o aerosoles provenientes de personas enfermas. La transmisión nosocomial entre personal sanitario y paciente está documentada, lo que hace imprescindible el uso de equipos de protección individual (EPI) en el entorno clínico.

El brote de Epuyén (Patagonia argentina) de 2018 ilustra este riesgo con precisión: 34 casos confirmados, 11 fallecidos (mortalidad del 32 %) y un análisis genético que mostró una identidad viral del 99,9 % entre todos los afectados, lo que descartó múltiples exposiciones ambientales independientes y confirmó la transmisión interhumana en eventos sociales de alta densidad.

3. ¿Cuáles son los síntomas y qué tratamiento tiene?

Los síntomas suelen comenzar con fiebre, dolor muscular, escalofríos y dolores de cabeza, similares a los de un cuadro de gripe. Las personas infectadas también pueden sufrir náuseas, vómitos, dolor abdominal o diarrea. Esta fase, llamada prodrómica, se prolonga normalmente entre 3 y 6 días.

Posteriormente, los pacientes pueden presentar una dificultad respiratoria que es susceptible de empeorar, produciendo el SCPH.

A día de hoy no existe una terapia antiviral específica ni una vacuna autorizada. El abordaje clínico se basa fundamentalmente en el tratamiento de soporte (enfocado a aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida), clave para aumentar las posibilidades de supervivencia de los enfermos. Por otra parte, estos deben ser atendidos en hospitales especialmente preparados para atender patologías infecciosas de alto riesgo.

Finalmente, el periodo de incubación varía entre 4 días y 42 días, con una mediana de 18 días. Esto explica por qué los casos del MV Hondius emergieron de forma escalonada, lo que complicó la identificación inicial del brote.

4. ¿Qué riesgo real supone este brote para la población general?

Según el Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC), el riesgo para la ciudadanía española y europea es muy bajo por tres razones:

  • Las medidas de contención ya están activas: aislamiento de casos, vigilancia de contactos y uso de EPI por el personal sanitario.
  • La transmisión interhumana del virus Andes no es autosostenida fuera de núcleos de contacto muy estrecho: no se han observado brotes comunitarios amplios sin fuente ambiental persistente.
  • El ratón colilargo, el reservorio natural del patógeno, no existe en Europa. Sin ese huésped, no puede establecerse ni volverse endémico en el continente.

5. ¿Qué medidas hay que tomar desde el punto de vista de salud pública?

La coordinación internacional es especialmente relevante cuando hay varios países implicados, como ocurre en este evento.

Si bien el aislamiento se debe reservar para las personas enfermas, en las primeras fases del brote resulta prudente recomendar cuarentena estricta a las personas que han sido contacto de un caso de hantavirus. Debe realizarse bajo un protocolo coordinado por la Organización Mundial de la Salud, dado que se trata de personas originarias de 23 países diferentes. El periodo de vigilancia de los contactos debería ser de 42 días desde su última exposición (máximo periodo de incubación descrito para esta enfermedad).

Por otra parte, y dado que los síntomas pueden evolucionar de forma rápida a una enfermedad grave, se recomienda una monitorización estrecha de la aparición de esas manifestaciones.

6. ¿Cómo se pueden evitar situaciones similares en el futuro?

Es importante mejorar la investigación y el conocimiento de los problemas de salud que afectan a regiones remotas. El virus Andes, que se conoce desde 1996, ocasiona infecciones y muertes en las regiones endémicas, y el aumento de casos ha sido vinculado al cambio climático. De hecho, antes del brote actual ya se habían diagnosticado casos importados en Europa.

El problema reside en que es un virus relativamente desconocido fuera de la región endémica y que la transmisión interhumana puede verse facilitada en circunstancias especiales, como la de un crucero, que potencian el contacto y retrasan el diagnóstico. El virus Andes merece atención científica y sanitaria sostenida, pero no pánico. Comprender exactamente qué lo hace singular y qué no es el primer paso para comunicarlo con responsabilidad.

Ante la aparición de síntomas compatibles (fiebre y/o dolor muscular) tras visitar una zona con riesgo de transmisión, es importante comunicar al personal sanitario que se ha viajado, para facilitar una detección y atención precoz de la enfermedad. Pero la respuesta no puede limitarse a las fronteras del país afectado: organismos como la OMS, el ECDC, el NICD y las autoridades sanitarias nacionales deben actuar de forma coordinada, siguiendo los acuerdos del Reglamento Sanitario Internacional. Esta coordinación es imprescindible tanto para conocer el alcance real de un brote como para evitar su propagación.

Además, la respuesta inmediata no es suficiente si no va acompañada de un fortalecimiento sostenido de los sistemas de salud a nivel global. La cooperación técnica y el apoyo a proyectos de desarrollo internacional son inversiones que refuerzan la capacidad de las comunidades más vulnerables para detectar y afrontar estos problemas antes de que escapen al control local.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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