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Helado sabor a cuy se vende en Quito

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María del Carmen Pilapaña hace helados de cualquier sabor: de mora, naranjilla, de catzo, de callampa (hongos) y hasta de cuy, el cual actualmente es el más conocido y es su especialidad.

Su historia empieza por la necesidad y la falta de trabajo. Antes de dedicarse a la creación de sabores exóticos, trabajaba en una empresa privada que quebró.

Después de eso, su hermano la acogió en su restaurante donde venden almuerzos, allí María del Carmen se hace cargo de la cocina, y aprovecha para comercializar sus helados.

La idea se le ocurrió hace un año a partir de la Feria del Cuy, que ya cuenta con dos ediciones efectuadas en el cantón Rumiñahui.

Cuy asado y en locro, costumbre en Santa Rosa

A través de la organización Misión Social Rumiñahui, María del Carmen y otros emprendedores participaron en talleres de manipulación de alimentos y otros temas. Con sus helados de sabores naturales (de fruta) participó en varias ferias.

Sin embargo, en la temática del cuy no tenía cabida, así que los talleristas la incentivaron a crear un sabor único.

Un mes se tardó en experimentar la técnica adecuada; primero intentó con el cuero “machacado” sin muchos resultados; luego trató con el cuy asado y el sabor no era el esperado. Hasta que lo logró con la cocción de la carne entera en agua.

Esta debe hervir por lo menos 2 horas, hasta que se reduzca el líquido “a unos 15 mililitros”, dice María del Carmen. Luego hay que esperar a que se enfríe para poderlo licuar y que quede como un paté.

Al cuy licuado lo mezcla con una fruta, eso también fue parte de la experimentación, ya que no con todas resulta bien, pero descubrió que con la naranjilla o el maracuyá, también cocido, el sabor queda en su punto.

Bolón con mariscos para difundir comida afro

El resto del proceso es como preparar un helado “normal”, batir la crema de leche, incrementar el puré del cuy con el de la fruta y agregar la leche condensada. Luego de un día de permanecer en el congelador está listo para servir.

La emprendedora le agrega maní espolvoreado como aderezo, para recordarles a los ‘fans’ del cuy, el platillo típico que se sirve con salsa de maní. El cono lo vende a $1, mientras que el litro tiene el valor de $12.

Lo expende en el local donde labora, que se ubica en la Autopista General Rumiñahui, entre el puente 5 y puente 6 (retorno a Quito). María del Carmen además afirma que está dispuesta a hacer el helado del sabor que sus clientes soliciten.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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