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Comienza el calor: cómo prevenir pérdidas en el ordeño

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La producción en las vacas lecheras puede disminuir entre un 20% y un 30% por el estrés térmico. Un especialista explica qué medidas se pueden tomar para reducir el impacto del calor en el rodeo.

El aumento de temperaturas y el rigor climático junto con la “tropicalización” del ambiente pueden afectar en distinto grado la salud y productividad en rodeos bovinos lecheros y carniceros con sistemas de producción semipastoriles. Estos sistemas utilizan oferta de alimentos con base de granos y concentrados que estimulan la fermentación excesiva y promueven calor metabólico, que aumenta la temperatura endógena y complica la disipación del calor. Las “dietas frías” , al contrario evitan el exceso de calor endógeno y contribuyen a minimizar el efecto del estrés calórico.

El estrés térmico presenta signos clínicos como aumento de frecuencia respiratoria y jadeo entre otros menos visibles, afecta a la vaca lechera, el feedlot y distintas categorías y edades de bovinos: terneros de destete precoz, novillitos o novillos Holando y animales terminados para venta requieren cuidados preventivos como sombras y adecuada provisión de agua. En el rodeo lechero vacas en producción, vacas en periparto y terneros son categorías de cuidado.

El estrés calórico tiene mayor incidencia y son predisponentes animales con antecedentes sanitarios o rodeos con deficiencia en su plan sanitario preventivo donde el estado inmunitario en algunos casos está deprimido. El estrés calórico puede medirse a través del “ITH “ (Índice de temperatura y humedad), que caracteriza en moderado, leve y severo de acuerdo al potencial riesgo según temperatura ambiente y humedad que junto al viento son responsables climáticos, valores de ITH superiores a 68 a 71 son considerados de riesgo.

Distintas pautas de manejo han sido propuestas para minimizar los efectos adversos como la disminución de la producción en vacas lecheras que oscila entre 20% y 40% causada por la menor ingestión de materia seca (10% menos en verano) y disminución del consumo de alimentos, provocando trastornos reproductivos como mortalidad embrionaria y disminución de las tasas de concepción-menor duración e intensidad en las manifestaciones de celos.

Las principales medidas son:

  • Adecuar las instalaciones de preordeñe, ordeñe y post ordeñe.
  • Sombras móviles o fijas permanentes o estacionales.
  • Adaptación de los horarios de ordeñe.
  • Provisión de agua segura en cantidad necesaria y suficiente con dietas frías adecuadas para evitar exceso de calor metabólico.
  • Ventilación y rociadores en la sala de espera: son una opción difundida con buenos resultados. El rociado con agua (sprinkling) tiene dos usos: evitar polvo de tierra y utilización sobre los animales, lo ideal es utilizar para ambos colocando aspersores en los corrales con la precaución de no hacer barro y considerar que la demanda de agua se aumenta.
  • Alimentación: lo primero que hace la vaca cuando sufre estrés calórico es dejar de comer por lo tanto utilizar dietas frías y adecuar horarios de oferta de comidas, preferentemente primeras horas de la mañana y en las últimas horas de luz.

Relación costo – beneficio

Impedir que la vaca deje de producir o disminuya su producción un 20% o 30% es el fundamento esencial para trabajar e invertir en mitigar los efectos adversos del estrés calórico.

Mitigar los efectos adversos del estrés calórico requiere establecer condiciones de humedad, temperatura y vientos frecuentes en la región y de esa forma determinar el punto crítico.

Es importante definir el impacto económico que tiene para la empresa implementar sistemas o construir instalaciones y hasta cuanto ese gasto influye en la respuesta productiva. Estas inversiones son elevadas en un término inicial.

Conocer los porcentajes de morbilidad o mortalidad relacionado en el estrés calórico permite hacer un diagnóstico preciso. El mayor costo corresponde a regiones que tienen climas con alta humedad relativa y/o baja velocidad de viento.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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