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Método Innovador Rastrea Subproductos Tóxicos de Desinfectantes en Quesos

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La investigadora española María José Cardador de la Universidad de Córdoba (España) trabaja con una muestra de queso en un cromatógrafo instalado en el campus de Rabanales. En 2008, Naciones Unidas a través de su organización para la alimentación y la agricultura, la FAO, reclamó en su Libro Verde una mayor investigación científica en torno a la presencia de algunos subproductos derivados del empleo de desinfectantes en la industria alimentaria y en el agua que se utiliza.

El uso de desinfectantes está relacionado con la seguridad alimentaria ya que asegura la ausencia de agentes patógenos; sin embargo también reaccionan con la materia orgánica del alimento originando subproductos de desinfección que pueden resultar tóxicos. Siguiendo este mandato, la Universidad de Córdoba ha desarrollado una metodología que permite identificar la presencia de dos familias de estos subproductos en diferentes productos de consumo ordinario. El último ha sido en quesos, aunque también tienen descrito el proceso para vegetales, zumos, leche y productos lácteos. Esta investigación tiene gran repercusión internacional dado que es la primera información existente sobre el tema.

La presencia de subproductos de desinfección puede ser tóxica si sus concentraciones superan ciertas concentraciones, por ello en Europa y Estados Unidos sus concentraciones están limitadas en agua de consumo. “Si no se desinfectara el agua que consumimos, resurgirían enfermedades como la peste”, explica la catedrática Mercedes Gallego. De forma general, la presencia de estos subproductos en los alimentos es mínima, medida en partes por billón, lo que no afecta a la calidad o al sabor de los mismos. “En todo caso, es indicativo de la desinfección necesaria y nos asegura la ausencia de patógenos”, resume la doctora del Departamento de Química Analítica María José Cardador.

Un trabajo de investigación ha permitido identificar simultáneamente por primera vez las dos principales familias de subproductos de desinfección:

  1. Trihalometanos y
  2. Ácidos haloacéticos.

Todo esto en quesos elaborados en diferentes lugares de Europa, desde frescos griegos a curados españoles. Para ello se ha desarrollado un método automático por cromatografía de gases y espectrometría de masas que permite su determinación. Estos compuestos, originados tras la desinfección del agua que se emplea en la industria alimentaria o bien por la limpieza de materiales que entran en contacto con los alimentos, quedan en multitud de productos de consumo.

El estudio, que ha sido publicado con recientemente en la revista científica Journal of Chromatography A y ha contado con la financiación del Ministerio de Economía y Competitividad (Mineco), ha demostrado que estos subproductos se encuentran siempre a niveles muy bajos. En todos los tipos de alimentos estudiados la contribución a la ingesta máxima establecida no supera los límites establecidos para agua potable.

Para Legisladores e Industria

El trabajo de investigación permite ayudar a futuros legisladores a establecer los rangos que les puede exigir a la industria alimentaria en la presencia de ácidos haloacéticos. En la actualidad, en la Unión Europea sólo está legislada por medio de una directiva de 1998 la presencia de la otra gran familia, los trihalometanos, del que el cloroformo es el más conocido. En los diferentes países miembros se establece una horquilla legislativa de entre 60 y 100 microgramos por litro. “Estamos en buenas manos”, resumió Gallego. También ayudará a que la industria alimentaria establezca sus propios sistemas de control y medición.

Tanto la UE como Estados Unidos disponen de normas para el control en el agua de consumo, pero no en la de piscinas. El cloro, el principal desinfectante, es usado frecuentemente en piscinas. “La cantidad empleada es diez veces mayor que en el agua potable ya que existe una gran cantidad de materia orgánica procedente de los usuarios de estas instalaciones. De esta manera, con el uso de cloro como desinfectante, se reducen los riesgos de enfermedades”, explica la catedrática Gallego.

La Historia de John Snow

La desinfección del agua tiene un protagonista con nombre de personaje de Juego de Tronos: John Snow. Este epidemiólogo británico logró identificar en 1854 el causante de una epidemia de cólera que se extendía por Londres. Situó en un mapa los casos de la enfermedad y los pozos y fuentes de donde bebían los afectados. Observó que los enfermos bebían agua de la misma procedencia. De esta manera, trazó a partir de herramientas de geolocalización el origen de la epidemia, que causó más de 700 fallecidos, y las autoridades sanitarias pudieron frenarla. También abrió la vista ante la necesidad de tratar el agua de los microorganismos que pueden afectar a la salud pública. Actualmente, los desinfectantes están presentes en casi todos los ámbitos de la vida, desde el comercio de frutas, verduras o carne, a la oficina o el hogar, donde todos los objetos que usamos son habitualmente limpiados con estos productos. Funcionan como una invisible capa protectora de nuestra calidad de vida.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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