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Marin Magellan Meat Merino: Segunda Raza Ovina de Chile

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Como consecuencia del trabajo en el programa genético del Consorcio Ovino se logró inscribir oficialmente la raza Marin Magellan Meat Merino, la segunda raza ovina chilena, que corresponde a una absorción incompleta estabilizada de Corriedale con Merino Australiano y tiene apitud doble propósito con un cordero de mejor aptitud que Corriedale y lana ultrafina exportable proveniente de la patagonia chilena.

Algo más de un año ha pasado desde que en Chile, el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) inscribió a la oveja Chilota como la primera raza ovina chilena y ahora acaba de obtener la autorización del SAG para inscribir la Marin Magellan Meat Merino como la segunda raza ovina de Chile. Todo un hito que según los responsables de esta iniciativa busca sentar las bases para una mayor valorización de la genética ovina chilena, permitiendo proyectarla como un negocio con potencial exportable.

«La raza recién inscrita es fruto de casi veinticinco años de trabajo de importación de genética y cruzamiento absorbente por parte de la Ganadera Marín en Magallanes. Este trabajo se comenzó en la década del 80, a finales del siglo pasado, cuando José Marín, quien encabeza la empresa antes mencionada, con la asesoría del consultor australiano, Brian Jefferies, inició la cruza absorbente de Corriedale con Merino Australiano con el propósito de estabilizar un animal intermedio de doble propósito. El objetivo fue obtener más carne y a la vez una lana de mayor valor por su finura».

Así lo explicó Rodrigo de la Barra, investigador especialista en genética y producción ovina, subdirector del Centro Experimental INIA Butalcura (de Chiloé) y miembro del equipo que logró la inscripción, quien además será el conservador de esta nueva raza.

En la foto, José Marín, propietario de la empresa Ganadera Marín, quien ha desarrollado un trabajo de veinticinco años de importación de genética y cruzamiento absorbente que permitió la inscripción de la Marin Magellan Meat Merino, como segunda raza ovina chilena.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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