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Forraje de Corte: Una Buena Alternativa para la Alimentación del Ganado

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Se utilizan aún pastos de baja calidad nutricional, que aunado a la falta de pastizales durante las épocas de sequía y anegaciones, afecta la productividad. 

La ganadería en Tabasco (México) se desarrolla en una superficie forrajera de un millón 664 mil 344 hectáreas, con un inventario de un millón 872 mil 998 cabezas de bovinos.

Predomina la ganadería de doble propósito, es decir, carne y leche, desarrollándose bajo pastoreo extensivo, en algunas explotaciones semintensivas, aunque en los últimos años se han empezado a utilizar corrales de engorda tecnificados, con animales en total confinamiento, que por ser una actividad incipiente está siendo apoyada con importantes recursos por la Secretaría de Desarrollo, Agropecuario, Forestal y Pesca de México (SEDAFOP).

La mayor parte de las explotaciones pecuarias se desarrollan con sistemas de pastoreo, con pastos que se establecen con material vegetativo, en su mayoría en terrenos bajos con drenaje deficiente, predominando los pastos humidícola y estrella; mientras que en terrenos que se inundan existen los pastos alemán, egipto y alicia.

Estos pastos soportan encharcamientos prolongados e inundaciones intermitentes, pero son de baja calidad nutricional, son hasta el momento las únicas alternativas que existen para terrenos bajos; en estas zonas se pueden producir forraje en época de seca sembrando maíz y sorgo para ensilaje, aprovechando la humedad residual y al mismo tiempo ir resembrando esas áreas con los pastos que se adapten a estas zonas.

En las zonas de topografía alta, se puede hacer la selección de forrajes de mayor calidad, mayor rendimiento de materia verde, predominando la brachiaria y los panicum, permitiendo mantener producciones de carne y leche mucho más estables durante todo el año, además de facilitarles cosechar forrajes en época de excedentes para su conservación en épocas de sequía, que es cuando estas zonas sufren por escasez de forraje.

En los últimos años y debido a las contingencias climatológicas presentadas en el estado, se ha incrementado la siembra y utilización de forrajes de corte, para su utilización en verde, pacas o ensilaje en sus modalidades pastel, trincheras, bolsas o silopacas y en menor escala la utilización de maíz y sorgo.

Las principales pasturas utilizadas para la conservación son las de porte alto, aunque existen algunos pastos de porte erecto que han dado buenos resultados como forraje de corte, básicamente por su buena producción de forraje verde, sobre todo en hojas y su periodo de recuperación es más corto que los tradicionales forrajes de corte como el taiwán, king grass, y los de últimos desarrollados como maralfalfa, Camerún y los pastos cubanos.

Estos pastos tienen mejor calidad nutricional y mayor digestibilidad que los tradicionales, varían su producción -hasta 30 toneladas al mes por hectárea- dependiendo de la fertilidad del suelo, edad de la planta, manejo del cultivo y método de conservación.

Un metro cúbico de buen ensilado rinde alrededor de 600 a 650 kilogramos de materia verde, permitiría mantener 50 cabezas de animales por día, una hectárea de forraje de corte puede mantener 50 cabezas durante un periodo de 3 meses.

También existen las leguminosas, que por ser plantas morfológicas y fisiológicamente diferentes a los pastos, difieren en su producción, calidad, crecimiento y recuperación después del corte o pastoreo, por lo que su asociación con los pastos es muy difícil de conservar ya que al recuperarse más lentamente y ser más palateables para el ganado tienden a desaparecer rápidamente de las praderas conforme avanzan los pastoreos.

En los centros de investigación que existen en la entidad se está generando la información sobre el uso, producción y manejo de los pastos para conservación, que es divulgada entre los productores pecuarios por la Sedafop, para evitar pérdidas económicas en la ganadería causadas por la falta de alimento en época de sequía e inundación.

Fuente: Agencias

 

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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