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Argentina Logra Mil kilos de Carne por Hectárea

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Un ganadero de Laguna Blanca en Argentina aumentó un 150 % el peso promedio de los novillos. Fue gracias al trabajo junto con extensionistas del INTA y al manejo de pasturas con suplementación. Un ejemplo virtuoso de innovación mediante investigación, ciencia y vínculo con el territorio.

Para los ganaderos del noreste de Formosa, las dificultades están a la vuelta de la esquina. En esa provincia, ocho de cada diez productores tienen hasta 25 hectáreas, de las que obtienen un rinde anual promedio que oscila entre 45 y 65 kilos de carne por hectárea. En este contexto, a mediados de 2014, extensionistas de las unidades de Laguna Blanca y El Colorado del INTA encararon un proyecto ambicioso: aumentar la producción de kilos de carne en el rodeo vacuno. Y a corto plazo.

La experiencia se desarrolló en un campo típico de la zona de Tres Lagunas, propiedad del productor César Díaz. Gracias al trabajo sostenido durante unos diez años, en los que perfeccionaron el manejo de pasturas megatérmicas y la suplementación, lograron un aumento del 150 % en el peso promedio de los novillitos, que pasaron de 126 a 316 kilos. A su vez, durante ese ciclo fueron capaces de producir 1.000 kg de carne por hectárea, muy por encima del promedio provincial. El plus fue que el aumento de peso se plasmó en tiempo récord.

Pero, ¿cómo lo lograron? “Lo que más nos impactó fue que en tan poco tiempo se haya podido aumentar el peso de los animales”, dijo Díaz, dueño del campo San Miguel, de 96 hectáreas, ubicado a la vera de la ruta provincial 3 en la zona de Tres Lagunas, donde se llevó a cabo este trabajo. Hoy ya vendió sus novillos, pero la experiencia quedó al alcance de todos.

Tras un trabajo de investigación y diagnóstico en el territorio, evaluadas las problemáticas en cuanto a la ganadería vacuna, la experiencia hizo foco en la suplementación de alimentos para los novillitos y la combinación de técnicas de manejo de pasturas como las recomendaciones más eficientes para aumentar la producción de kilos de carne por hectárea.

“Utilizamos 32 novillitos de 126 kg promedio que fueron distribuidos en seis hectáreas. Después dividimos en dos el lote y enviamos la mitad de los novillos para cada parcela”, explicó Hugo Fretes, técnico del INTA Laguna Blanca –Formosa–. Un año después, en 2015, el peso promedio de los animales llegó a 316 kg.

Al final del camino, tras 258 días de suplementación concreta, los números fueron categóricos: al campo de Díaz ingresaron 4.165 kg en terneros y finalizaron 10.435 kg en novillitos. En poco más de seis hectáreas, se produjeron 6.277 kg con un costo de producción de $ 6,3/kg de carne.

La experiencia hizo foco en la suplementación de alimentos para los novillitos y la combinación de técnicas de manejo de pasturas para aumentar la producción de kilos de carne por hectárea.
“Al hacer este tipo de ensayos en las chacras de los productores, lo que pretendemos es demostrarles que, con buen manejo, es posible obtener estos resultados”, expresó Diego Ramilo, coordinador nacional de Transferencia y Extensión del INTA. En esa línea, precisó que “es importante salir de la estación experimental, donde contamos con conocimiento, maquinaria y personal muy calificado, para en cambio trabajar junto a los productores en sus parcelas”.

Ramilo agregó que los resultados de esta experiencia fueron presentados ante productores de la zona en el mismo campo de Díaz. “A partir de esa presentación ya surgieron demandas de otros ganaderos que quieren hacer lo mismo. Y, en las cooperativas locales, hoy ya observamos una mayor demanda de semilla de algodón para suplementación a raíz de estos resultados”.

“Este ensayo demuestra que los pequeños productores, aún con superficies reducidas, al incorporar tecnologías –no sólo duras sino de procesos y conocimientos– también pueden ser altamente eficientes”, afirmó Ramilo. A su vez, el coordinador del INTA señaló que “este esfuerzo institucional también es útil para que los decisores políticos cuenten con información técnica y validada a campo para diseñar políticas sectoriales, de alto impacto y bajo costo, como planes ganaderos provinciales, entre diversas herramientas de gestión”.

Esta experiencia se realizó de manera articulada con el Ministerio de la Producción y Ambiente de la provincia de Formosa, que cedió las balanzas utilizadas para pesar a los animales y seguir el ensayo de suplementación mes a mes. Además, la investigación nació en el marco del Proyecto Regional de Desarrollo del Este de Formosa, con la intención de dar respuestas a una de las máximas necesidades de los productores locales.

Ramilo: “Este ensayo demuestra que los pequeños productores, aún con superficies reducidas, al incorporar tecnologías también pueden ser altamente eficientes”.
La frutilla del postre: la suplementación

La suplementación –es decir, la administración de los alimentos– fue decisiva para que el ganado bovino aumente de peso diariamente, crezca en su carga animal y avance en productividad. Además, el desafío de esta experiencia fue hacerlo en el corto plazo, en un espacio reducido y mejorando la utilización de pasturas.

“En un principio la suplementación se inició con 1,5 kg de maíz, más 1 kg de semilla de algodón, más 30 gramos de urea. Toda una ración de alimentos que se fueron ajustando en función del aumento de peso de los animales”, explicó Fretes, quien trabajó junto con los ingenieros agrónomos Eda Avico, Eduardo Alberto, Randolf Terrazas y el ingeniero zootecnista Fernando Nenning.

Los técnicos del INTA, tras analizar el suelo, evaluaron qué especies forrajeras funcionarían en medio de pastizales naturales y grandes parcelas sobrepastoreadas. Allí el objetivo fue pensar en una suplementación de novillitos sobre pasturas megatérmicas que sirvan para lograr ganancias de peso diarias en los animales y compensar, por ejemplo, desbalances nutricionales de los campos.

“El animal tiene que engordar con pasto, porque ahí está la ganancia”, indicó Fretes. De acuerdo con el técnico, en algunos lugares de Formosa, el precio del maíz actualmente ronda los tres pesos por kilo. “En la zona de Pirané, comprando a granel, cuesta $2,20 por kilo. Pero acá estamos a 140 kilómetros de Pirané”, graficó.

La suplementación –es decir, la administración de los alimentos– fue decisiva para que el ganado bovino aumente de peso diariamente, crezca en su carga animal y avance en productividad.
Sobre la región y la ganadería

El equipo técnico de la Agencia de Extensión Rural Laguna Blanca, dependiente de la Estación Experimental Agropecuaria El Colorado, trabaja principalmente en los departamentos de Pilcomayo y Pilagás, al noreste de la provincia de Formosa. Allí, la confianza entre los productores y los técnicos es fundamental para plasmar las experiencias en las parcelas de sus campos.

“Aquí se concentra la mayor cantidad de minifundios. El 82 % de los campos son de hasta 25 hectáreas en promedio”, explicó el coordinador del Proyecto Regional enfoque Territorial (PRET), Eduardo Alberto. En la zona disminuyó la producción de algodón por dificultades contras las plagas, principalmente el picudo, pero creció la producción maicera y hortícola de pimientos, zapallos, batatas y mandioca.

“La ganadería para los productores minifundistas es una caja de ahorro. Su mirada es más bien la de un tenedor de hacienda. Por eso es importante aumentar el kilo de carne del ganado y también la producción de leche”, dijo Alberto.

Para Díaz, el apoyo del INTA es fundamental porque además demuestra que “se pueden hacer cosas sin grandes inversiones” y es un aliciente a futuro para que los productores puedan superar problemas a la hora de comercializar el ganado o engordar sus animales.

Tras una demostración a campo frente a productores de toda la región, en el mismo establecimiento de Díaz, las conclusiones de este trabajo de transferencia de tecnología e investigación del INTA hacia los productores pueden verse plasmadas en la producción diaria de esta zona, donde los productores ahora apuestan con mayor concientización a la suplementación de sus animales y al manejo eficiente de los pastizales naturales.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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