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La Importancia de los Lípidos en la Dieta de los Bovinos

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El metabolismo lipídico de rumiantes es totalmente distinto al de los monogástricos, debido a las modificaciones que sufren los nutrientes de la dieta por fermentación microbiana ruminal. Aunque las vacas solo consumen de 4 a 6%, estos contribuyen directamente al 50% de la grasa en la leche.

En efecto, los lípidos son una importante parte de la ración de la vaca pues además son la fuente más concentrada de energía en los alimentos.

Los lípidos son compuestos no polares, parcial o totalmente insolubles en el agua. Se diferencian de los carbohidratos por su arreglo estructural y porque tienen una menor cantidad de oxígeno, mientras que difieren de las proteínas porque no contienen nitrógeno.

Estos cuentan con un mayor valor energético, por lo cual en nutrición animal ha servido para establecer que el contenido energético de una grasa es casi tres veces mayor que el aporte energético neto del maíz.

Se puede clasificar de acuerdo a su estructura química como: simples (ácidos grasos combinados con glicerol); compuestos (lípidos simples que contienen otras moléculas como N, P) y derivados (resultado de la hidrolisis de los anteriores tales como los ácidos grasos libres).

Cabe notar que la estructura fundamental son los ácidos grasos (AG). Según su longitud se clasifican como de cadena corta (menos de 10 carbonos) y de cadena larga (más de 10 C).

Solo pequeñas cantidades de lípidos se encuentran en forrajes y semillas. Sin embargo, algunas plantas de semillas oleaginosas como el algodón o la soya acumulan más de 20%. Típicamente, los lípidos se extraen de estas semillas pero pueden ser incorporadas en forma entera en las dietas de las vacas lecheras.

Como se explicó, casi la mitad de la grasa en la leche es derivada del metabolismo de lípidos en la glándula mamaria. Estos ácidos grasos provienen principalmente de las lipoproteínas ricas en triglicéridos.

Un aumento en la dieta de AG de cadena larga aumenta su secreción en la leche, pero también inhibe el síntesis de ácidos grasos de cadena corta y mediana, por lo cual la depresión marcada en la secreción de grasa en la leche que ocurre cuando se alimenta las vacas con dietas bajas en fibra no puede ser compensando dando más grasa en la dieta.

Los tipos de grasas que se usan en bovinos incluyen lípidos en forrajes, aceites vegetales, grasa de restaurante, grasa mixta (animal y vegetal), jabones, grasas protegidas, AG saturados (aceite de palma), insaturados (aceite de canola) y polinsaturados (aceite de soya, algodón, maíz)

 

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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