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Lácteos Fermentados: El papel de los microorganismos

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La fermentación de la leche fue desde la antigüedad un método de conservación, y se sigue usando para lograr nuevos productos, mejorando características sensoriales para una mayor aceptación de los consumidores.

Esta técnica consiste en añadir a la leche de cualquier tipo, vaca, cabra, oveja, búfala, cultivos de bacterias lácticas, que utilizan la lactosa, el azúcar de la leche, como fuente de energía y la transforman en ácido láctico.

La fermentación también mejora la seguridad microbiológica de los distintos productos, inhibiendo la proliferación de microorganismos patógenos.

Las bacterias lácticas que se añaden a la leche para desencadenar el proceso de fermentación se conocen como cultivos starter.

En el caso del queso el sabor, la textura o su aspecto dependen también de otro tipo de microorganismos que son conocidos como microflora secundaria.

Entre los productos fermentados podemos mencionar el yogur, el queso y ahora estamos oyendo mucho sobre el kéfir.

El kéfir es parecido al yogur líquido y es producido por una combinación de bacterias y levaduras. Sus nódulos se parecen a una coliflor, de consistencia blanda y gelatinosa. Los microorganismos presentes en el Kefir son probióticos, lo que facilita la digestión de la lactosa en intolerantes.

El Kéfir que bebemos se obtiene mezclando los nódulos con leche a temperatura ambiente en un recipiente de cristal herméticamente cerrado, es leche fermentada por las bacterias lácticas y levaduras que componen el nódulo que, en sí, no se come, sino que es filtrado y usado para una nueva fermentación. El kéfir es muy parecido al yogur, pero no es igual.

El yogur es una preparación de leche ácida con pH igual o inferior a 4,6. Suele hacerse con leche entera (3% de materia grasa), o parcialmente descremada, siempre pasteurizada. Pasa por un proceso de enfriamiento e inoculación de cultivos de bacterias lácticas que después se incuba a 41ºC-45º.

La fermentación reduce pH y coagula las proteínas de la leche, formando un gel viscoso. Hay variedad de yogures, líquidos/firmes con frutas, etc., y sus procesos son similares.

La mayoría de los yogures se venden como “cultivo activo vivo”, esto es, que son probióticos, y algunos llevan bacterias especiales como Lactobacillus y Bifidobacterium cuya capacidad para colonizar el tracto digestivo es beneficiosa.

El queso se obtiene de la separación del suero tras la coagulación de la leche. Existe una gran variedad de quesos, blandos y duros, y que se diferencian por su sabor suave o fuerte, la textura, o el color; pero todos tienen en común un alto contenido graso.

Para su elaboración se produce primero una fermentación láctica primaria por bacterias lácticas, los cultivos estárter o iniciadoras, que son distintas según el tipo de queso; y luego se requiere la participación de otros microorganismos llamados microflora secundaria, como levaduras, algunas bacterias lácticas y otros, que desencadenan reacciones bioquímicas complejas.

La coagulación de la leche es su transformación de líquido a gel, por las modificaciones fisicoquímicas que sufren las sub micelas de caseína, la proteína mayoritaria de la leche, que constituyen una familia formada por la alfa 1-caseína, alfa 2-caseína, beta caseína y kappa-caseína.

La coagulación enzimática se consigue por la adicción del cuajo a la leche, una mezcla de quimosina y pepsina, proteínas excretadas por el cuarto estómago de los rumiantes, que permitirán la hidrolisis específica de la kappa-caseína de las sub micelas de la leche.

Hoy en día, se utilizan sustitutos de la enzima quimosina del cuajo para la elaboración de quesos, y también coagulantes vegetales, así como clones del gen de la quimosina de los rumiantes.

Esta masa cuajada, luego es sometida a un proceso de deshidratación, que comienza con el corte con cuchillas, seguida de un tratamiento térmico que la separa suavemente del suero.

El siguiente paso es el salado, donde se sigue separando el suero y se realza su sabor.

La maduración implica la modificación de proteínas y grasas por lipasas microbianas, presentes en la leche, donde también influye la temperatura. En muchos se completa con la adición de inóculo microbiano (microflora secundaria) u otros aditivos como especias o hierbas aromáticas, que acaban determinando la textura del queso, su sabor y aroma.

Consumir lácteos hace bien, y la ingeniería genética descubrió y desarrolló nuevas técnicas para elaborar novedosas formulaciones para satisfacer las necesidades del mercado, que se vuelve cada vez más exigente y conocedor de lo que elige consumir.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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