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Calidad de leche en Colombia varía según las Regiones y sus prácticas productivas

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Una leche de buena calidad debe tener una composición de grasa de 4% y proteína mayor de 3,3%.

Factores como la alimentación de las vacas, la calidad de las praderas y los forrajes, y la altura a la que se crían, además de un ordeño inadecuado o sin condiciones mínimas de inocuidad, inciden en que la calidad de la leche, varíe de una región a otra, lo cual influye en la baja competitividad de nuestro sector lechero frente a países como México o Brasil

Aunque en 2023 el consumo de leche por persona se redujo, al pasar de 152 litros en 2022 a 147, cada año en el país se producen 7.211 millones de litros de leche, y se estima que por lo menos 500.000 familias viven de este segmento, capaz de generar alrededor de 705.000 empleos directos, datos que evidencian el valioso aporte del sector lechero a la economía nacional.

Según el médico veterinario René Alejandro Pérez Romero, de la Universidad Nacional de Colombia “pese a su vocación lechera, no toda la leche que se ofrece en el territorio nacional tiene la misma calidad”.

“Aquí la actividad lechera se da de dos maneras: la formal, que es la del productor que cumple con todos los parámetros evaluables, tiene los documentos al día y contabiliza los datos de la leche que compra y a cómo la compra; se estima que esta modalidad cubre 55% de la realidad lechera del país, de lo que se deduce que habría un 45% de informalidad”.

Una leche de buena calidad debe reunir estas características: adecuada composición (contenido de proteína, grasa, sólidos totales, minerales y vitaminas); estar libre tanto de microorganismos, patógenos o toxinas, como de agua añadida; no contener residuos químicos ni inhibidores (como antibióticos, antiinflamatorios o antiparasitarios), y debe ofrecer adecuadas características organolépticas (sabor, color, olor).

“En el sector lácteo colombiano, una leche de buena calidad tiene una composición de grasa de 4% y proteína mayor de 3,3%. Las mejores condiciones higiénicas se evalúan mundialmente mediante las Unidades Formadoras de Colonias (UFC), un indicador de la cantidad de microorganismos vivos en un líquido y que no puede superar las 100.000 UFC”.

Una práctica cotidiana en las empresas productoras de lácteos es analizar la calidad y composición de la leche cruda. Esta se realiza con diferentes objetivos, entre ellos pagarle al productor según la calidad de la leche remitida, controlar la materia prima y seleccionar la leche para producir derivados lácteos.

Según el experto, “se trata de garantizar los parámetros de calidad para que la leche mantenga su valor nutricional y de inocuidad, es decir que siga siendo el alimento más completo que provee la naturaleza por medio de un animal doméstico”.

Con respecto a cómo se afecta la calidad y cómo se pueden reducir los riesgos, la alimentación de los animales es fundamental, lo mismo que mantenerlos en las mejores condiciones sanitarias.

“El ordeño se debe dar en las mejores condiciones de salubridad, lo que le permitirá a quien procese la leche tener mejores rendimientos, ya que uno de los factores que más afecta la cadena de valor de la leche es la mastitis –inflamación de la ubre–, la enfermedad que más pérdidas y dolores de cabeza le genera al sector lechero en el mundo”.

“Esta se origina por condiciones insalubres del hato lechero o es propia del animal por malos hábitos de quien la ordeña manual o técnicamente. Una vaca con mastitis puede perder hasta el 100% de la producción lechera”, explica el especialista.

Señala además que “aunque el mundo ha aprendido a prevenir y controlar la enfermedad y se han implementado estrategias para ordeñar siempre las mejores vacas, todavía falta más”.

Una de las barreras que tiene Colombia es el bajo rendimiento de sus vacas: cada una produce cerca de 5,5 litros de leche diarios, una cifra significativamente inferior frente a países como Chile, que la duplica, México con 13,3 litros, o Estados Unidos con casi 30 litros diarios por vaca.

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Con estrategias de mitigación, aumentan un 40 % la productividad ganadera, con estrategias de mitigación

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En el marco del proyecto internacional GANASUR, especialistas del INTA presentaron los resultados del estudio en la Cuenca del Salado, Buenos Aires. Con estrategias de mitigación en los establecimientos se evitó la emisión de 7.400 toneladas de CO₂ y aumentó la producción por vientre un 40 %. Mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, descarte de animales improductivos y manejo del pastoreo, entre las estrategias implementadas.

El proyecto GANASUR se desarrolla sobre la estructura cooperativa de PROCISUR, que reúne a los institutos nacionales de investigación agropecuaria de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, junto con el IICA. La iniciativa busca identificar sistemas ganaderos representativos de cada país, evaluar opciones de mitigación y modelar los impactos productivos, económicos y ambientales asociados a su implementación.

En el caso de la Argentina, se seleccionó como caso de estudio un sistema de ciclo completo de la Pampa Deprimida. Según explicó Mauricio Álvarez, coordinador del Programa Nacional de Carnes y Fibras Animales del INTA, “se trata de una de las principales regiones ganaderas del país y porque la cría concentra una proporción muy importante de las emisiones del sistema”. Al mismo tiempo, sus brechas de eficiencia reproductiva y productiva ofrecen una oportunidad concreta para reducir emisiones sin disminuir la producción de carne.

En esta línea, puntualizó: “Para los países del CAS aumentar la productividad es una meta irrenunciable y los resultados demuestran que es posible producir más, mejorando la rentabilidad, de manera ambientalmente sostenible”.

En este sentido, subrayó: “Los resultados muestran que la mitigación puede integrarse a una estrategia de mejora productiva y económica: no se trata de producir menos, sino de producir más eficientemente, con una menor cantidad de emisiones por unidad de producto y una reducción simultánea de las emisiones absolutas”.

Las medidas de mitigación no se definieron como un paquete teórico, sino a partir de tecnologías probadas y compatibles con el funcionamiento de los establecimientos, detalló Álvarez, al tiempo que aclaró que “fueron validadas mediante consultas con productores y referentes sectoriales, que permitieron identificar aquellas que estarían dispuestos a adoptar”.

En esta línea, destacó que “uno de los principales aportes de GANASUR es haber integrado las dimensiones productiva, ambiental y económica. No alcanza con saber cuánto puede reducirse una emisión: también necesitamos conocer qué efecto tiene la tecnología sobre la productividad, cuánto cuesta implementarla y cuáles son las condiciones para que un productor decida adoptarla”.

Entre las estrategias que se aplicaron, se destacan las mejoras en la sanidad preventiva y reproductiva, el descarte de animales improductivos, el manejo del pastoreo, la recuperación de pasturas, la incorporación de leguminosas, la suplementación estratégica, la inseminación artificial a tiempo fijo y la selección genética.

“La implementación completa de esta trayectoria permitiría evitar unas 7.400 toneladas de CO₂ equivalente entre 2027 y 2040, lo que representa una reducción del 15 % de las emisiones acumuladas respecto del escenario de referencia”, confirmó el investigador. Para 2040, las emisiones anuales disminuirían hasta aproximadamente 2.645 toneladas de CO₂ equivalente y la huella de carbono por kilogramo producido se reduciría cerca de un 27 %.

“Los beneficios no serían solamente ambientales, sino también productivos”, sentenció Álvarez. Es que, según detalló, la producción por vientre aumentaría un 40 %, al pasar de 197 a 275 kg de peso vivo, mientras que el mayor volumen de carne generado y la mejora de la eficiencia permitirían alcanzar importantes beneficios económicos.

Según detalló el especialista del INTA, “la transición tecnológica se diseñó de manera gradual y acumulativa”. En una primera etapa se propuso ordenar el manejo del rodeo y mejorar su desempeño reproductivo; posteriormente, fortalecer la base forrajera y nutricional; y, finalmente, incorporar herramientas de mayor intensificación.

“Esta secuencia responde a una lógica concreta: comenzar por tecnologías de menor complejidad y avanzar hacia otras que requieren mayores capacidades e inversiones, evitando asumir que todas pueden adoptarse simultáneamente”, aclaró Álvarez.

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